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domingo, 24 de abril de 2016

Magia encuadernada

¡Hola viajeros! Pasó algún tiempo desde mi último post y lo lamento mucho. Extrañé al blog y a ustedes, pero la universidad no me deja respirar. Trataré de hacer, al menos, una entrada por semana. Espero lograrlo :)

Hace algunas horas terminó el Día Internacional del Libro y no podía no mencionarlo. No podía no mencionar esa magia encuadernada que hace que compartamos este mundo. Esa magia que fue el pasaje y hotel a tantas aventuras a lo largo de los años. Esa magia que fue compañía, entretenimiento, recipiente de lágrimas y risas. Esa magia que me hizo elegir una de las profesiones más lindas. Esa magia que te construye y reconstruye. Esa magia que está ahí, agazapada en letras en orden, esperando que le demos vida. Esa magia que necesita ser escrita. Esos mini mundos de papel que transportamos...
Es un material poderoso. Tan poderoso que no podemos ni imaginar lo increíble que es la existencia de los libros. Gracias a todos esos autores. No me imagino un mundo más horrible, que uno sin la sensibilidad y el lente afilado de la literatura.



¡Hasta la próxima estación!

miércoles, 30 de diciembre de 2015

47 capítulos después: terminar una novela

    -¿Todavía no la terminaste? Hacelo antes de fin de año. Que sea un desafío.-me dijo mi amiga por chat, una noche, mientras yo daba vueltas para no dejarlos ir. 
    Finalmente, ayer terminé mi novela. Una idea que me persiguió durante seis años. Que sobrevivió a cuánto obstáculo se me ocurría. Que me despertaba a las tres de la mañana para que escribiera un diálogo. Que me acompañó.
   Escribí la última palabra del epílogo y me quedé mirando la pared, tan en blanco como mi cabeza. Todavía tengo que corregirla, me queda trabajo arduo. Voy a volver a verlos. Pero no es como fue hasta anoche. Hasta anoche me dejé llevar por impulsos. A partir de ahora es resolver sobre lo resuelto.
   No sé lo que es tomarme un colectivo sin ir pensando en los pasos que tienen que dar. No sé lo que es no escribirlos. No sé lo que es no escucharlos. Porque una vez Rainbow Rowell dijo (y tiene razón) que viví en su cabeza por 400 páginas, es hora de darles algo de privacidad.
   Y me cuesta. Me está costando mucho. Ahora sé como se sintió mi mamá cuando me fui de casa.
  Hablo de ellos como si fuesen reales, porque lo son. Tomaron decisiones que me excedieron. Llevaron la historia por caminos diferentes a los que yo quería. Los hice sufrir y se reinventaron. 
    Sé como sigue. Sé la verdad de lo que pasa al final. Y aún así estoy preocupada, porque anoche se fue corriendo un velo que los alejó un poco. Estoy preocupada por ellos. Y por mi.
   No solo se llevaron mi cordura por momentos; también la mesa de la cocina, que está toda escrita; la tecla espacio de la notebook, que se rompió de tanto escribir; un par de cuadernos; miles de notas en el teléfono y la paciencia de mi familia y amigos.
         Los voy a ver en unos meses de nuevo.
     Y espero que ustedes los vean pronto en las librerías. Si se los cruzan, pueden hablarles de este post, ellos ya saben todo.

viernes, 11 de diciembre de 2015

Salvada por una serie

Cuando una escena de In the flesh me salvó la vida.

Hace mucho que quiero hablar de esta serie y siempre lo postergo porque pienso que no voy a hacerle justicia. Y seguramente no lo consiga, pero ya no quiero guardarlo más.
Primero, se las presento. In the flesh, miniserie creada por Dominic Mitchell y transmitida entre 2013 y 2014 por BBC Three.
4 años después de que los muertos dejen sus tumbas, el gobierno empieza a reincorporarlos a la sociedad. Entre ellos, tenemos a Kieren Walker, que regresa a su pequeño pueblo, y a sus demonios. ¿Hasta acá que les parece? Claro que sí, lo de siempre, zombies y más zombies. Personajes que la industria explotó hasta cansarse. Bueno, déjenme decirles que no es así. Que eso pensaba y me equivoqué. En In the flesh, la condición de PDS sufferers queda en un décimo plano. 
Estaba viendo videos de Keaton Henson, unos de mis cantantes favoritos y la gente no paraba de comentar “Estoy acá por In the flesh”. Me dio curiosidad y busqué la reseña. “Ni loca”, pensé, “Estoy harta de los zombies”. Pero no tengo decisiones firmes así que, una hora después, terminé el capítulo. 
Tiene solo dos temporadas, con 9 capítulos en total. Al otro día ya la había terminado. Me encantó. Me identificaba mucho con Kieren y quería la personalidad de Amy. 
Dejó de existir en mi mente, más allá de algún recuerdo espontáneo. Hasta que hace unos meses, estaba en lo más profundo de ‘mi caja negra’, como decidí llamarla. Y mientras estudiaba, puse las temporadas de nuevo. (Bueno, “estudiar”, hacía meses que mi cabeza no procesaba una idea.) Había pensado en cualquier salida para dejar de sentirme así. La que sea, la más rápida. Y en eso, termina un capítulo donde Kieren y el padre tienen una escena desgarradora. Ojalá hubiese juntado las lágrimas de esa noche, habría llenado varias jarras. En ese momento, me di cuenta que no podía hacerle eso a mis padres. Que no podía permitir que mi papá se sienta como el padre de Kieren, jamás. 
E hice la llamada que me salvó. Llamé a mi mamá y le conté lo que estaba haciendo. Self harm por años. Salvo que esta vez, no podía parar.
Pasaron casi seis meses, con tratamientos y amor de mi familia y amigos. 
Como a Kieren. 
Ellos volvieron de la muerte. Yo gracias a ellos, nunca la conocí.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Decir adiós dos veces


Cuando la literatura y el cine, nos cierran las ventanas de las que nos encanta colgarnos.

Terminas una historia. Estás tirado en la cama con el libro en el pecho, la vista perdida, tratando de asimilar, que no se vaya, que cada detalle quede registrado. Llegan recuerdos de los mejores momentos, el juicio a las decisiones de los personajes, alguna que otra lágrima. Y la pregunta, la inevitable pregunta: ¿Ahora qué? Resulta casi absurdo no estar más en la vida de esos seres con quienes compartimos soledades. ¿Los leías en el intervalo del almuerzo? ¿En el tren? Ya no. Cerraron la ventana por la que nos dejaban espiar.
En el mejor de los casos, es una saga. Y en meses o incluso ese mismo día, vamos a tener más. Siempre me imagino a los libros como ventanas sucias. Cada capítulo, alguien del otro lado limpia una parte. Y yo, en puntitas de pies, muevo el cuello tratando de que mis ojos lleguen a más. 

Qué desolación cuando sabes que no queda nada. Que diste vuelta la última página. 
De pronto, te llega la noticia de que habrá película. Escepticismo. Nunca van a poder igualar al libro. Pero eso lo sabemos, y hay pruebas. Descargas tus dudas en las redes, le comentas a tus amigos. Y llega el estreno. Y salis enojado o feliz. Y siempre, siempre, alguna sonrisa se te dibuja. Porque los viste de nuevo. Porque te dejaron ir de visita a su casa otra vez. Porque reconoces frases que les escuchaste decir. 

Y se termina, otra vez. Volves del cine tratando de hacer lo mismo que hiciste en la despedida anterior. Y a partir de ahí vas a tener tantos adiós como quieras, y tantas bienvenidas como necesites. Porque una de las magias de los libros y del cine es la revisión. Siempre se puede volver. Son mundos infinitos que se reproducen en loop.